• Mié. Oct 21st, 2020

Siempre en mi mente: 4 años sin Juan Gabriel

Cuando Alberto Aguilera Valadez falleció, Juan Gabriel se inmortalizó para siempre. Todos lo lloramos y celebramos, aún ahora: hombres machos a lo Tom de Finlandia, mujeres bellas como Lili Elbe, señoronas momias, viejos homofóbicos y los jóvenes…ellos lo conocen gracias al karaoke, la radio, sus mamás, el sentimiento de embriaguez cómplice o simplemente porque, al decir la palabra “DIVO”, solo puede venir a la memoria el Ídolo de Multitudes, Amor Eterno. El arcángel de la música popular mexicana sobrepasó a sus interpretaciones para quedarse siempre en nuestras mentes, más allá del morbo de los prejuicios, de la comodidad de la ignorancia.

Juan Gabriel irrumpe en la escena musical mexicana cuando el rock se encuentra en pleno boom y la juventud de la época sueña con salir del subdesarrollo meneando las caderas, agringándose y encopetándose. Para él, conocedor de la miseria, sentimental provinciano, la experiencia de la música sobrepasa a la moda del momento. Sabe que por más pegadizo que sea un ritmo, sin letra que lo acompañe, el mundo no puede llegar a ser más que oquedad. El romántico michoacano, profundamente juarense, capitalino a fuerza, confía en que la música, y no solo un género determinado, vuelvan su espíritu cosmopolita.

Si existe algo que lo acerca a los públicos más diversos -particularmente de Latinoamérica- más allá de las historias de desamor, revancha o gozo, es un sentimiento mariano, enclaustrado en el corazón del Divo desde su niñez, en el engaño de su madre (como él lo mencionó en una entrevista) al internarlo en la Escuela de Mejoramiento Social para Menores. En la soledad de su temprana infancia, conoce al encargado del internado, Juanito, quien lo introduce a la música y de quien, a futuro, heredaría su nombre como homenaje. Sería ese primer desencanto con la vida, en la figura de su madre, y que remataría en la desaparición de su padre, Gabriel, debido a la locura que le produjo la quema de pastizales para la siembra, el que bautizaría a su ser artístico.

De sus más profundas nadas surgió la figura del ser humano trabajador, encantador, sensible, quien prefirió aislarse del todo para alimentar su talento inagotable, aquel que, al morir, fue resucitado en la imaginación a lo Elvis Presley. “Aún vive, fingió su muerte”…pero no…Su corazón no pudo más con el latido de su voz ni con la pomposidad de la fama. El Divo de Juárez, atemporal, eterno, genio inmortal, se sincera y vive en las radios, por la televisión, en el internet, a través de ficciones, homenajes, imitaciones, en japonés, inglés, turco, alemán, en el bolero, el pop, las rancheras, la salsa…lo que se ve, no se pregunta, mijo.

Por Sebastián Vera

En mis redes: @sebis_vera

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