• Mar. Oct 27th, 2020

Gilda, ángel de la cumbia

Edith Rosario Bermeo Cisneros le debe en parte el éxito de su vida artística a una joven parvularia argentina que, tomando el nombre de la femme fatale interpretada por Rita Hayworth en 1946, se convirtió en la Diosa de la Bailanta con éxitos como “Corazón Valiente”, “No me arrepiento de este amor” o “Ámame Suavecito”. Ícono tropical y santa popular, Míriam Alejandra Bianchi se inmortaliza en el alma de la Argentina un 7 de septiembre de 1996 al morir en un accidente de tránsito en el kilómetro 129 de la Ruta Nacional 12. Gilda, ungida por el amor del pueblo, es ahora parte del panteón pagano en el que también se encuentran figuras como el Gauchito Gil o La Difunta Correa. 

El feminismo de Gilda

El ambiente de la música tropical de los 80 y 90 se encontraba al mando de fuertes presiones dominadas por los hombres. Inclusive, a nivel estético, si una mujer se animaba a incursionar en la escena musical, debía cumplir con ciertas normas. Lía Crucet y Gladys “La Bomba Tucumana” manejaban una impronta netamente sexual, de pechos exuberantes y figuras voluptuosas. Gilda por su parte, prefirió mantenerse como era: flaca, de pechos pequeños, morocha. Sabía que con sus letras su valía sería mucho más impactante que un par de senos operados y así lo hizo la otrora maestra jardinera, madre de dos hijos.

A muchas jóvenes mujeres, el impacto originado por el contacto con la música de Gilda fue revelador y transformador. Ella les hablaba desde una sensibilidad común a todas, desde la vivencia personalísima que podía convertir la melancolía en cumbia y baile. La fuerza que necesitaban la encontraban en ella, en su invitación a luchar por sus sueños, a proyectarse más allá de los mandatos comunes. Su figura atípica, la de la ama de casa de clase media que decidió seguir con la vocación musical dictada desde su adolescencia, la elevó a los cielos de la bailanta. 

Canonización popular

Uno llega a convertirse en leyenda o ídolo por un acérrimo amor de las personas en el milagro de su obsesión y cariños que convierten a un nombre particular, sin importar su procedencia, en devoción. Para convertirse en santo, el proceso es distinto. Más allá de la obsesión y del amor de la devoción, es la sacralización ritual la que santifica a una figura particular en el sagrado corazón de aquellos para quienes la fe, más allá de las sin razones del día a día, es el milagro de la palabra a través de la las historias, el método de canonización ideal para convertir a un mortal en un ser divino. Maradona alcanzó ese nivel D10S con su propia iglesia, que es un juego fanático, pero pocos, como Gilda, se convierten en emblemas religiosos aptos de llamar milagrosos, santos, antes y después de la muerte.

Los primeros días de septiembre, pero con mucha más presencia el día siete, en el Cementerio de la Chacarita, en la galería 24, la tumba N.3635 se convierte en el lugar de congregación de variopintos devotos de la santa reina de la cumbia argentina, quien a sus 34 años, sin arrepentirse de su amor, consagró el milagro de su voz al paraíso tropical-romántico donde Charo, rebautizada como Sharon, La Hechicera, la admira y la idolatra pidiéndole que, en la carretera donde ella también murió, se eleve su espíritu en la música y el baile, milagros universales reconocidos que existen entre lo sagrado y lo profano.

Por Sebastián Vera

En mis redes: @sebis_vera

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