• Sáb. Nov 28th, 2020

A tu salud, Mister Juramento

Julio es Pueblo. A cualquier añiñado le duele esta verdad porque no puede reclamar como suyo al superbacán. Antes de Barcelona, el fue el Ídolo del Ecuador. Los barrios pobres lo encumbran como su máximo sentimiento, internacional y suburbano. Alma rockolera en las Wurlitzers personales de cada espíritu ecuatoriano, aunque los guayacos lo tengan en su repertorio sempiterno de gozadera y melancolía bohemia. No se puede pensar en Guayaquil sin Julio; es imposible pensar en Ecuador sin El Internacional.

El Alma en los Labios

Para muchos (sino para la gran mayoría) una primera introducción con Los Poetas Decapitados es Julio Jaramillo. En él, la poesía final de Medardo Ángel Silva cobra vida, adquiere un sentido post mortem melancólico. Aquel joven de 21 años resucita perennemente en La Voz de Oro. La fusión entre El Ruiseñor y El Rey Decapitado funciona a la perfección. Con ellos se descubre la bohemia mientras se camina por calles muertas y pobladas de baches sentimentales, la caña se vuelve agua y el tabaco un beso furtivo. La poesía y la música son pasiones callejeras, y las leyendas se forjan entre desengaños, embriaguez, humildad, tocando el fondo de los abismos, comprando la felicidad en cinco centavitos, encarando a la fatalidad como un sueño fugaz.

Después de muertos amarnos más

Frente al cuerpo inerte de mi abuelito, que reposaba en el suelo de la sala de mi casa, encendí tres velas y puse en el equipo de sonido el CD desgastado y rayado de JJ que uno de mis primos de Guayaquil le regaló a mi mamá. Puse la canción “Interrogación” porque no entendía aún el misterio de la muerte, su presencia, su necesidad. Ahí, mientras lloraba, dos manos se posaron sobre mis hombros: eran Julio y mi abuelito Amadeo. Sus almas se elevaron al cielo mientras, arrodillado, llorando y cantando, imaginaba a ambos músicos de camino a la cantina para juntarse con Olimpo Cárdenas y Daniel Santos. Empieza a sonar “Nuestro Juramento”. Con toda el alma llena de sentimiento, abrí los ojos y sonreí dando gracias a la vida por la música, las guitarras, el trago, los cigarrillos, mi abuelito y Jota Jota.

Ahora solo nos queda Barcelona

Fernando Artieda, poeta, escritor y periodista ecuatoriano (su impasse fue la Secretaría de Comunicación en el gobierno de Abdalá), compañero de juerga de Julio en sus tiempos mozos, tuvo el honor de escribir una de las poesías más bellas y sentidas para el Ídolo del Pueblo. En ella, lo popular, el cuchicheo, el corazón de cerveza fría, el no pararle bola a la muerte, los ríos de gente, la sencillez del Pueblo, de las putas, de los maricas, de los ladrones, se plasman entre las letras y palabras de un amigo, jodido por la pérdida de su ñaño, más triste que marihuana sin nave, que cigarro sin focha, que biela caliente, que únicamente tiene fantasma y clave para, al llorarlo, celebrarlo. ¡Salud, JJ!

Por Sebastián Vera

En mis redes: @sebis_vera

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