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¡Oye, Arnold!: Felices 25 años, Cabeza de Balón

PorSebastián Vera

Oct 11, 2021

Conocí el jazz por sorpresa a los 10 años mientras desarmaba una vieja radio para conocer sus tripas electrónicas. Entre juegos con el dial, los cables y baterías AA, una música totalmente nueva saltaba por la habitación de manera frenética, enérgica y libre. Quedé asombrado por una sensación familiar de extrañeza en esa pequeña habitación suburbana, aún sin intensificar su tamaño por la noche que se avecinaba.

Sentí que mi cuarto se convertía en el cuarto más cool de todo Carapungo (donde pasé mi infancia), mi Hillwood City, techado por cristales y con un control remoto capaz de controlar luces, sofá y equipo de sonido al mismo tiempo. Por las ondas viajaba el jazz, y mis ojos se cerraban por primera vez al misterio en una noche azul. “Esto es Arnold” me decía, acostado en el suelo, sonriendo y llorando, feliz de viajar etéreo por la melancolía que aún no entendía del todo, pero sentía como un todo.

2004: fin y exploración

¡Oye, Arnold! era cancelado de Nickelodeon luego de 100 episodios y una película animada, dejando en el aire (hasta esa fecha) un final para nuestro querido Cabeza de Balón. En Ecuador, absolutamente nada popular en cuento a sonido, tenía alguna reminiscencia de jazz. Todo mundo salseaba con “Valió la pena” de Marc Anthony; el rock sureño de Kings Of Leon empezaba a tomar fuerza.

Juanes, Laura Pausini, Melendi, Aleks Syntek, Sin Bandera, Paulina Rubio, Julieta Venegas o David Bisbal sonaban en loop pop en las peticiones de las radios; Daddy Yankee y Don Omar le daban impulso al reggaetón con “Lo que pasó, pasó” y “Dale Don, dale”; y lo que luego sería catalogado como “emo”, con el pop punk y sonido alternativo de Avril Lavigne, The Rasmus o Green Day, pintaba presencia entre rímel y sombras. El siglo XXI todavía en pañales.

A mis 10 años, aún no tenía ningún acercamiento a la escena musical ecuatoriana, a excepción del álbum “De Lujo” (2002) de 38 Que No Juega, pero en ese año, grandes joyas como Can-Can y sus “Malditos Villanos Pixelados”, El Retorno del Exxon Valdez con “Temas para grandes y pequeñas ocasiones”, uno de los mejores álbumes del año según la revista Rolling Stone en su edición latinoamericana “Vital Estructura” de Obscura o “In Situ” (¡Aguanta qué pues, hijueputa!) de Sal y Mileto, ya formaban parte del alma sonora de jóvenes que experimentaban el firme conservadurismo, paternalismo, populismo y anacronismo político con figuras como Paco Moncayo y Jaime Nebot, además de encontrarnos a la deriva en casos de corrupción, “Pichi-corte” y nepotismo con Lucio Gutiérrez como Presidente de la República. Nuestro lente político-mediático sensacionalista encontraba en “Crónicas” de Sebastián Cordero la internacionalización de nuestro drama sempiterno.

¿Qué es el jazz en ¡Oye, Arnold!?

El álbum “Musicology” de Prince era lo más cercano al sonido suave, funky y cargado de soul que, siendo niño, podía identificar en ¡Oye, Arnold! Y esta comparación no es escrita al azar. Jim Lang, el icónico compositor de la serie infantil, posee un gran oído para el ritmo, acentuándolo con toques electrónicos que convierten a su sonido en una fuerza emocional tan atmosférica, que va directo al corazón y la mente de quienes escuchan sus composiciones. El trabajar con libertad impulsó a Lang a conseguir sonidos urbanos inspirados en el post-bebop, su personalísima vanguardia de jazz libre para capturar en el slice of life, la esencia de una vida con altos y bajos.

A diferencia de varias caricaturas de hoy en día, ¡Oye, Arnold! se destaca por desarrollarse en una época de la animación estadounidense (particularmente en Nickelodeon) que no se apoyaba en elementos fantásticos o personajes con súper poderes sino ambientados en el mundo real. Deseaba ser como Arnold, y en mí día a día como niño (aún ahora) practicaba muchos de sus valores cotidianos. Me identificaba con él (y la serie en general) porque también lidiaba con problemas similares a los míos: tristeza por las ausencias, los primeros desencantos amorosos o fantasías de leyendas que emocionaban mi vida y le daban más valor y aventura, la decepción y frustración de no poder resolverlo todo y aceptar eso.

Su honestidad emocional caló profundo en mí, de ahí que su música se destacara de series como Rocket Power, Bob Esponja o Los Thornberries: esa profundidad intrínseca de la vida solo podía ser llevada con jazz, solo podía ser entendida con jazz. Helga y un padre distante con una madre alcohólica, ambos obsesionados con los éxitos de su hermana mayor Olga; una siempre auto presionada Phoebe por ser perfecta en los estudios; adultos sumidos en el tedio de la repetición de una vida malgastada o cruel; inadaptados aborrecidos y mal entendidos (El Hombre Paloma o El Chico del Pórtico por poner dos ejemplos)…la fuerza positiva de Arnold se encontraba inspirada en un entendimiento de la adversidad y la severidad con que nos puede tratar la vida, y seguir, continuar creciendo, como el jazz.  

Su silencio –al cuál le tenemos un miedo pavoroso en la actualidad– y momentos de contemplación, el entender lo bueno y lo malo, la sensación de comunidad a pesar de las diferencias y la dignidad de llevar una vida sencilla, como niño y ahora como adulto, me permitió entender mejor mis sentimientos (algo como Peanuts). El jazz en ¡Oye, Arnold! es la aceptación de todo aquello que, en su diversidad e incomprensión, unifica la vida en sus extremos, algo así como la cita de Rainer Maria Rilke al cierre de Jojo Rabbit de Taika Waititi: “Deja que todo te pase, la belleza y el terror, solo sigue andando, ningún sentimiento es definitivo.”

Aquí, algunas canciones perfectas para entender un poco más a Arnold Shortman y su mundo:

  1. Harold´s Boogie: https://www.youtube.com/watch?v=xd0mM0b2zMk
  2. The Shoutin´: https://www.youtube.com/watch?v=NOARVI2DY7o
  3. Beta Beats: https://www.youtube.com/watch?v=k3Lb3VuBrAI
  4. Groove Remote: https://www.youtube.com/watch?v=vCugSeSnkIs
  5. The Corazon: https://www.youtube.com/watch?v=wRypOtoONsY

Por Sebastián Vera

En mis redes: @sebis_vera

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