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  • Sáb. Jul 2nd, 2022

Ecuador hardboiled

PorSebastián Vera

May 11, 2022

“Nada les he dicho sobre el hombre que no sea cierto.”

Cartas desde la Tierra – Mark Twain

Un lugar entre las sombras, una estrella eclipsada, la frustración y el misterio. De camino al cementerio con todos los perdidos que cantan la canción del desconsuelo y del dolor. Un nombre para dos cadáveres: Ecuador, política y justicia. Vampiros de panteón que cobran vida en cada sacrificio ritual. Sangre en calles para su fúnebre ofrenda, lágrimas para sus copas rotas y balas cachondas de noticias amarillistas que aumenten el miedo para su poder brutal, caritas de piedra de Tandapi.

Camino al más allá, las pesadillas poseen nombre y apellido. En nuestro caso en particular, son hidras privilegiadas sin escrúpulos. Al cortar una de sus cabezas, se multiplican obscenamente en nuevas. Sin el fuego de la venganza que pueda cauterizarlas, las malditas siguen apareciendo, y con su venenoso aliento, seguimos los jodidos y los que nos joden, lo que pudo y nunca podrá ser; compiten estados de ánimo y cuentas bancarias o de ahorros para ver quién toca fondo primero mientras el alma se enrojece de rabia, igualando al infierno del día a día.

Destruidos y locos, avanza la famélica esperanza por las avenidas de nuestras venas vacías de memoria. Colérica, cubierta por una mortaja de gritos y ensoñaciones de la última visión, se aleja, rabiosa y perdida. La muerte se presenta, aclamada por su séquito de adoradores, elevada por farsantes e hipócritas, y recorre con sus ojos profundos el secreto de los arrepentimientos en el paisaje, en cada horizonte imposible, en cada figurita de barro al alcance de su toque siniestro. Su máscara muta, no se puede permitir tener un único rostro.

En el frío en el que se mueven las estrellas -la vastedad de la soledad- surge el deseo. En su más profunda idea mortífera, el odio repite como mantra la lista de grandes éxitos alcanzados a lo largo del tiempo. De su mano, en el índice que apunta hacia un castillo blanco, un largo hilo cuelga. En él, varios jueces, ministros y fiscales se sujetan, trepan y pelean para alcanzar su sueño, pactado con la Ley de la Causalidad y la confesión de cadáveres, alabanzas de mal gusto, sarcásticas y grotescas.

Sentada en una cafetería, impecablemente vestida, Lucía Fernanda repasa las historias ecuatorianas del viejo número pulp y coloca esas asombrosas y raras peripecias sobre la mesa. Sonriendo, le da tres palmaditas al pequeño fascículo. Un mesero se dirige a su mesa con un huevo cocido, humeante, sobre un plato blanco. Lo toma con la mano derecha, sin temor a quemarse, y lo golpea. Lo descascara poco a poco, y antes de comerlo dice para sí misma: “Alma, brahmanda”.

Por Sebastián Vera

En mis redes: @sebis_vera  

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