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El Pueblo, lo popular y la insignia inmortal (sobre Barcelona vs Aucas)

PorSebastián Vera

Nov 14, 2022

“Lo que uno sabe de fútbol es, más o menos,

Lo que uno sabe de la vida, con una diferencia:

En la vida se agoniza una sola vez”.

Carlos Monsiváis

En el suburbio guayaquileño, en la amplia sala de una casa humilde, sentado y con un vaso de biela en la mano, un viejo jugador de fútbol rememora sus épocas de gloria. “Mi sueño era jugar para Barcelona, el más grande” dice, mientras ve en una vitrina, cubiertas por el polvo, medallas y una copa de campeonato barrial, “pero al menos estuve en el Aucas, y los partidos ahí, fueron de los mejores de mi juventud”. Gavica  ̶ mote ganado por su parecido al volante guayaquileño, as de los Toreros durante la década de los 90´s ̶ bebe lentamente su cerveza. Pregunta a su hermano por el guanchicoco en su cuarto al levantarse, gambeteando el mareo con una sonrisa, amagando la nostalgia con más alcohol. Ídolo. Afuera, el suroeste se pinta de oro y grana por los recuerdos; los parlantes se encienden con salsa. Saliendo hacia la calle, caminando por un pasillo parecido a un túnel de salida a la cancha, Gavica siente en la piel los gritos de gol que el atardecer imprime en su vaso y en su memoria.

El Pueblo es un periplo entre esquinas, huecas, fiestas, instituciones y vanidades. Es eso que preferimos olvidar cuando nos vemos en la vitrina de un centro comercial en busca del último grito de la moda que oculte nuestro ahogo espectral y existencial. Es la vida intensa y dedicada a descifrarse en múltiples hazañas, derrotas, leyendas y pendejadas. Decimos ser del Pueblo en dos ocasiones: cuando nos conviene y cuando se rumorea que nos falta “calle”. Y es en la calle donde el Pueblo se presenta como verdad irrefutable, reconocimiento y renovación. Es el Pueblo el único creador de héroes y villanos, de prejuicios y virtudes, de pugna de identidades y máscaras. No es un objeto: es un ente. Es el Pueblo el único hacedor de fenómenos sobrenaturales ubicuos, custodio de las representaciones, la comunidad y la acción. Su voz, es palabra final: Vox Populi, Vox Dei. El Pueblo elige una pasión desbordante donde su corazón pueda latir en la multiplicidad de cuerpos del que se compone. El fútbol es su catalizador predilecto. 

Los caldos, en todas sus presentaciones, resultan un platillo esencial en todas las cocinas ecuatorianas. Nos distinguen varias sopas en todas sus formas de preparación y presentación, pero en el sur de Quito, en la Caldera, un potaje diferente se cocina, con la particularidad de que a la sazón se le agregó un ingrediente especial: una pizca de Venezuela. La bandera estrellada, no solo en la dirección técnica, sino desde las gradas, es ahora parte de un nuevo sancocho oriental. Aquella comunidad dispersa por todo el mundo en busca de aquello que les despierte nuevamente la paz y la felicidad, es ahora, sin pensarlo, el componente secreto de una caldera que, en su sabor tradicional, agregó nuevas fusiones que le otorgan más fuerza e identidad. Los llaneros, los ´venecos´, desde Caracas a Venesolanda, son ahora los nuevos hijos de Papá, que los recibe con los brazos abiertos, y, como a sus wawas, les reparte las matracas y la memoria de que, aunque una mierda, el petróleo deja algo más que exterminio.

Lo popular es un espíritu de intervención, de creatividad y transformación. Es una mezcla de historias y tiempos, un conglomerado de ingenuidad y crítica, reconstituciones y peculiaridades, un imperio turbio en continua contradicción e incertidumbre. Se presenta como el escenario donde una lucha se gesta: aquella contraria a los bloques de poder, a la cultura de los poderosos, sin que esto signifique encontrarse en subordinación a los mismos, ser caracterizado como inferior a estos, o de afán paternalista. Es aquí, en lo popular, donde residen los valores auténticos de la colectividad, de la autenticidad. Es el bus papero popular jugando carnaval, la entrada más barata para entrar al estadio y vivir realmente los códigos del mundo. Posee la fuerza de la naturaleza de la lucha política-cultural. Si Ángel es barcelonista, lo más probable es que Salvador sea del Aucas: esos rateros, ratones paranoicos, ratas del olvido oficial, mirada íntima de la inocencia perdida. 

En el colegio, Iván era constantemente albureado por sus amigos. Choleado y longueado por un grupo significativo de lavaditos y disque blanquitos debido a su color de piel, su estatura, su cabello, su forma de hablar, su situación económica; Iván encontraba paz en un escudo, que por lo general, agarraba de su pecho para resistir cada cargada y malicia adolescente. Un atisbo de amarillo siempre se asomaba por el cuello de su camisa o camiseta, y sin importar lo sucedido en el día, mantenía un orgullo difícil de descifrar. ¿Qué escondía bajo su uniforme que, a pesar de encontrarse en un infierno de mierditas en desarrollo, lo mantenía resilente? ¿Qué era esa armadura secreta que volvía los comentarios hirientes en simples bufonadas de descerebrados y miedosos? ¿Qué mantenía su cordura en ese calabazo de (in)competencia, tortura y enajenación? El ídolo del Ecuador lo protegía. Ese amarillo lo elevaba al cielo, fuera de las aulas, y con más estrellas de las que nadie podía imaginar.

Descubrir el mundo interno donde se escucha el alma del planeta, requiere profundidad y la presencia y memoria que revelan lo íntimo e incomprensible: lo trascendental. La experiencia humana se eleva a una intensidad de revelación, sin crepúsculo. Al ser visible, este nunca engaña y recibe una extrañeza familiar que lo funde en el inconsciente de quien lo admira. Su manifestación, fenómeno de autoconciencia, reflejo de la mirada, es el motivo de culto, adoración. Y aunque la camiseta, el merchandising, lo comercial carezca de vida, el soplo lo da quien es poseído por una entidad que lo sobrepasa y, al mismo tiempo, le otorga características identitarias, de magnificencia. Para varias realidades compartidas en un solo espacio de tiempo, es el ídolo quien adopta el modelo original de su imagen: fenómeno de encarnación. Lo sagrado, entonces, gira en las redefiniciones, en la defensa, en la secreta adoración y el olvidado amor. No es sencillo tomar el lugar de Dios.

Por Sebastián Vera

En redes: @sebis_vera

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